La ancianidad no es una enfermedad sino el resultado de haber tenido la dicha de vivir, vivir y vivir. Algunos dicen que es un regreso a la infancia, como si la existencia se diese la vuelta justo al final para recuperar la memoria de esos charcos grises que habíamos cubierto de olvido. Pero no, la ancianidad ni es una enfermedad ni es un regreso al tiempo impreciso del comienzo. Poco importa la fragilidad de un cuerpo muy vivido, la memoria perezosa que hace del anciano una persona entrañable, porque ser anciano no tiene nada que ver con estar enfermo o tener reacciones de niño, insisto, sino con ser el testigo de aquellos que tuvieron que concluir el camino sin que las nuevas generaciones pudiésemos conocer de viva voz sus éxitos y fracasos, sus aciertos y errores, la siembra de todo su amor.

Entre los niños y los ancianos se anudan fuertes vínculos afectivos. Los tuvimos con nuestros abuelos, con quienes nos entendimos a las mil maravillas a pesar de las décadas que nos separaban. Un nieto consigue de sus abuelos todo lo bueno que se propone, y que un abuelo consigue de su nieto todo lo bueno que necesita. Esta suma de lo bueno da como resultado lo mejor: la seguridad que ofrece quien ha vencido a los monstruos del bosque, un guiño, un dulce, una canción rescatada, una carantoña, un arrumaco y una colección interminable de besos.

Los ancianos saben entender a los enfermos, pues sus ojos han contemplado y sus brazos han sostenido el sufrimiento de muchas personas. Nadie conoce, como un anciano, la desolación por la pérdida de un hijo. Nadie sabe, como un anciano, el honor de cuidar del esposo, de la esposa que está pronto a iniciar el misterioso viaje hacia la esperanza. Ellos son, además, el legado de una fe que se enraíza en las generaciones anteriores. Y muchas veces son, a qué negarlo, el reflejo de la sonrisa de Dios. Me emociona el mimo que he visto en aquellos hombres y mujeres que, renunciando a los placeres ganados con la jubilación, se desgastan en atenciones a su mujer, a su marido, al que quizás la cabeza se le ha poblado de lagunas que también son miedos, no saber quién soy, haberme olvidado de tu rostro pero que seas tú, solo tú, quien siga acariciándome las manos hasta el último de mis alientos.

Las arrugas, las manchas en la piel, las manos que se columpian en un inagotable temblor… son la brillante prueba de que merece la pena legar partes de uno mismo –la infancia, toda la juventud, la edad madura, esa vejez– a las personas a las que entregamos la dicha y a los lugares donde fuimos felices. Las muescas de la ancianidad: el cuerpo que se encoje sobre sí mismo, los pies que al caminar van lijando el suelo, ese vivir medio dormido, el oído teniente, la vista agotada, incluso la pérdida de la noción de la realidad es el nobilísimo tributo que pagan quienes trabajan el mundo para hacérnoslo más amable.

No hay una sociedad cuerda que no venere a sus ancianos. No hay una ciudad adaptada al hombre que no esté dibujada para la comodidad de los ancianos. No hay una barriada, un pueblo, una calle donde merezca la pena vivir sin no tiene ancianos. No hay una verdadera familia si no bendice el torrente de sangre que le llega de sus ancianos.

Acompañar y atender a un anciano es un regalo para aquellos que creemos saberlo todo. Escucharlos hablar, contemplarlos en sus silencios, ayudarlos en todas sus funciones nos acerca a lo sagrado. Ellos son tú –son yo– dentro de unos años, cuando apenas nos queden unos metros de camino donde dejar nuestras huellas dibujadas.

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